Primera parte: La profesión de la Fe
Primera sección: «Creo» - «Creemos»
Capítulo primero: El hombre es "capaz" de Dios
- Carta Apostólica «Laetamur Magnopere» por la que se aprueba la edición típica latina del Catecismo De La Iglesia Católica
- Constitución Apostólica «Fidei Depositum» para la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica
- Prólogo (1-25)
- Primera parte: La profesión de la Fe
- Primera sección: «Creo» - «Creemos» (26)
- Capítulo primero: El hombre es «capaz» de Dios (27-49)
- Capítulo segundo: Dios al encuentro del hombre
- Artículo 1: La Revelación de Dios (51-73)
- Artículo 2: La transmisión de la Revelación divina (74-100)
- Artículo 3: La Sagrada Escritura (101-141)
- Capítulo tercero: La respuesta del hombre a Dios (142-143)
- Segunda sección: La profesión de la Fe Cristiana (185-197)
- Los Símbolos de la Fe
- Capítulo primero: Creo en Dios Padre (198)
- Artículo 1: «Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra»
- Párrafo 1: Creo en Dios (199-231)
- Párrafo 2: El Padre (232-267)
- Párrafo 3: El Todopoderoso (268-278)
- Párrafo 4: El Creador (279-324)
- Párrafo 5: El cielo y la tierra (325-354)
- Párrafo 6: El hombre (355-384)
- Párrafo 7: La caída (385-421)
- Artículo 1: «Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra»
- Capítulo segundo: Creo en Jesucristo, Hijo único de Dios (422-429)
- Artículo 2: «Y en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor» (430-455)
- Artículo 3: «Jesucristo fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nació de Santa María Virgen» (456-483)
- Párrafo 1: El Hijo de Dios se hizo hombre
- Párrafo 2: «…Concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen» (484-511)
- Párrafo 3: Los misterios de la vida de Cristo (512-570)
- Artículo 4: «Jesucristo padeció bajo Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado» (571-594)
- Artículo 5: «Jesucristo descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos» (631-637)
- Artículo 6: «Jesucristo subió a los cielos, y está sentado a la derecha de Dios, Padre Todopoderoso» (659-667)
- Artículo 7: «Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y a muertos» (668-682)
- Capítulo tercero: Creo en el Espíritu Santo (683-686)
- Artículo 8: «Creo en el Espíritu Santo» (687-747)
- Artículo 9: «Creo en la Santa Iglesia Católica» (748-750)
- Párrafo 1: La Iglesia en el designio de Dios (751-780)
- Párrafo 2: La Iglesia, Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo (781-810)
- Párrafo 3: La Iglesia es una, santa, católica y apostólica (811-870)
- Párrafo 4: Los fieles de Cristo: jerarquía, laicos, vida consagrada (871-945)
- Párrafo 5: La comunión de los santos (946-962)
- Párrafo 6: María, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia (963-975)
- Artículo 10: «Creo en el perdón de los pecados» (976-987)
- Artículo 11: «Creo en la resurrección de la carne» (988-1019)
- Artículo 12: «Creo en la vida eterna» (1020-1065)
- Primera sección: «Creo» - «Creemos» (26)
- Segunda parte: La celebración del Misterio Cristiano (1066-1075)
- Primera sección: La Economía Sacramental (1076)
- Capítulo primero: El Misterio Pascual en el tiempo de la Iglesia (1077-1112)
- Artículo 1: La liturgia, obra de la Santísima Trinidad
- Artículo 2: El Misterio Pascual en los sacramentos de la Iglesia (1113-1134)
- Capítulo segundo: La celebración sacramental del Misterio Pascual (1135)
- Capítulo primero: El Misterio Pascual en el tiempo de la Iglesia (1077-1112)
- Segunda sección: «Los siete sacramentos de la Iglesia» (1210-1211)
- Capítulo primero: Los sacramentos del la iniciación cristiana (1212)
- Artículo 1: El sacramento del Bautismo (1213-1284)
- Artículo 2: El sacramento de la Confirmación (1285-1321)
- Artículo 3: El sacramento de la Eucaristía (1322-1419)
- Capítulo segundo: Los sacramentos de curación (1420-1421)
- Artículo 4: El sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación (1422-1498)
- El nombre de este sacramento
- Por qué un sacramento de la reconciliación después del bautismo
- La conversión de los bautizados
- La penitencia interior
- Diversas formas de penitencia en la vida cristiana
- El sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación
- Los actos del penitente
- El ministro de este sacramento
- Los efectos de este sacramento
- Las indulgencias
- La celebración del sacramento de la Penitencia
- Artículo 5: La Unción de los Enfermos (1499-1532)
- Artículo 4: El sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación (1422-1498)
- Capítulo tercero: Los sacramentos al servicio de la comunidad (1533-1535)
- Artículo 6: El sacramento del Orden (1536-1600)
- Artículo 7: El sacramento del Matrimonio (1601-1666)
- Capítulo cuarto: Otras celebraciones litúrgicas (1667-1679)
- Capítulo primero: Los sacramentos del la iniciación cristiana (1212)
- Primera sección: La Economía Sacramental (1076)
- Tercera parte: La vida en cristo (1691-1698)
- Primera sección: La vocación del hombre: La vida en el Espíritu (1699)
- Capítulo primero: La dignidad de la persona humana (1700)
- Artículo 1: El hombre, imagen de Dios (1701-1715)
- Artículo 2: Nuestra vocación a la bienaventuranza (1716-1729)
- Artículo 3: La libertad del hombre (1730-1748)
- Artículo 4: La moralidad de los actos humanos (1749-1761)
- Artículo 5: La moralidad de las pasiones (1762-1775)
- Artículo 6: La conciencia moral (1776-1802)
- Artículo 7: Las virtudes (1803-1845)
- Artículo 8: El pecado (1846-1876)
- Capítulo segundo: La comunidad humana (1877)
- Artículo 1: La persona y la sociedad (1878-1896)
- Artículo 2: La participación en la vida social (1897-1927)
- Artículo 3: La justicia social (1928-1948)
- Capítulo tercero: La salvación de Dios: La ley y la gracia (1949)
- Capítulo primero: La dignidad de la persona humana (1700)
- Segunda sección: Los diez mandamientos (2052-2082)
- Resumen
- Capítulo primero: «Amarás al señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (2083)
- Capítulo segundo: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (2196)
- Artículo 4: El cuarto mandamiento (2197-2257)
- Artículo 5: El quinto mandamiento (2258-2330)
- Artículo 6: El sexto mandamiento (2331-2400)
- Artículo 7: El séptimo mandamiento (2401-2463)
- Artículo 8: El octavo mandamiento (2464-2513)
- Artículo 9: El noveno mandamiento (2514-2533)
- Artículo 10: El décimo mandamiento (2534-2557)
- Primera sección: La vocación del hombre: La vida en el Espíritu (1699)
- Cuarta parte: La oración cristiana (2558-2565)
- Primera sección: La oración en la vida cristiana
- ¿Qué es la oración?
- Capítulo primero: La revelación de la oración (2566-2567)
- Vocación universal a la oración
- Artículo 1: En el Antiguo Testamento (2568-2597)
- Artículo 2: En la plenitud de los tiempos (2598-2622)
- Artículo 3: En el tiempo de la Iglesia (2623-2649)
- Capítulo segundo: La tradición de la oración (2650-2651)
- Artículo 1: Fuentes de la oración (2652-2662)
- Artículo 2: El camino de la oración (2663-2682)
- Artículo 3: Maestros de oración (2683-2696)
- Capítulo tercero: La vida de oración (2697-2699)
- Segunda sección: La oración del Señor: «Padre Nuestro» (2759-2760)
- Artículo 1: «Resumen de todo el Evangelio» (2761-2776)
- Artículo 2: «Padre nuestro que estás en el cielo» (2777-2802)
- Artículo 3: Las siete peticiones (2803-2854)
- Primera sección: La oración en la vida cristiana
I El deseo de Dios
27 El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar:
«La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador» (GS 19,1).
28 De múltiples maneras, en su historia, y hasta el día de hoy, los hombres han expresado su búsqueda de Dios por medio de sus creencias y sus comportamientos religiosos (oraciones, sacrificios, cultos, meditaciones, etc.). A pesar de las ambigüedades que pueden entrañar, estas formas de expresión son tan universales que se puede llamar al hombre un ser religioso:
Dios «creó […], de un solo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra y determinó con exactitud el tiempo y los límites del lugar donde habían de habitar, con el fin de que buscasen a Dios, para ver si a tientas le buscaban y le hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros; pues en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17, 26-28).
29 Pero esta “unión íntima y vital con Dios” (GS 19,1) puede ser olvidada, desconocida e incluso rechazada explícitamente por el hombre. Tales actitudes pueden tener orígenes muy diversos (cf. GS 19-21): la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas (cf. Mt 13,22), el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes del pensamiento hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios (cf. Gn 3,8-10) y huye ante su llamada (cf. Jon 1,3).
30 “Alégrese el corazón de los que buscan a Dios” (Sal 105,3). Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre la dicha. Pero esta búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, “un corazón recto”, y también el testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios.
«Tú eres grande, Señor, y muy digno de alabanza: grande es tu poder, y tu sabiduría no tiene medida. Y el hombre, pequeña parte de tu creación, pretende alabarte, precisamente el hombre que, revestido de su condición mortal, lleva en sí el testimonio de su pecado y el testimonio de que tú resistes a los soberbios. A pesar de todo, el hombre, pequeña parte de tu creación, quiere alabarte. Tú mismo le incitas a ello, haciendo que encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti» (San Agustín, Confessiones, 1,1,1).
II Las vías de acceso al conocimiento de Dios
31 Creado a imagen de Dios, llamado a conocer y amar a Dios, el hombre que busca a Dios descubre ciertas “vías” para acceder al conocimiento de Dios. Se las llama también “pruebas de la existencia de Dios”, no en el sentido de las pruebas propias de las ciencias naturales, sino en el sentido de “argumentos convergentes y convincentes” que permiten llegar a verdaderas certezas.
Estas “vías” para acercarse a Dios tienen como punto de partida la creación: el mundo material y la persona humana.
32 El mundo: A partir del movimiento y del devenir, de la contingencia, del orden y de la belleza del mundo se puede conocer a Dios como origen y fin del universo.
San Pablo afirma refiriéndose a los paganos: “Lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad” (Rm 1,19-20; cf. Hch 14,15.17; 17,27-28; Sb 13,1-9).
Y san Agustín: “Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, interroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo […] interroga a todas estas realidades. Todas te responde: Ve, nosotras somos bellas. Su belleza es su proclamación (confessio). Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho sino la Suma Belleza (Pulcher), no sujeta a cambio?” (Sermo 241, 2: PL 38, 1134).
33 El hombre: Con su apertura a la verdad y a la belleza, con su sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su conciencia, con su aspiración al infinito y a la dicha, el hombre se interroga sobre la existencia de Dios. En todo esto se perciben signos de su alma espiritual. La “semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia” (GS 18,1; cf. 14,2), su alma, no puede tener origen más que en Dios.
34 El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último, sino que participan de Aquel que es el Ser en sí, sin origen y sin fin. Así, por estas diversas “vías”, el hombre puede acceder al conocimiento de la existencia de una realidad que es la causa primera y el fin último de todo, “y que todos llaman Dios” (San Tomás de Aquino, S.Th. 1, q. 2 a. 3, c.).
35 Las facultades del hombre lo hacen capaz de conocer la existencia de un Dios personal. Pero para que el hombre pueda entrar en la intimidad de Él ha querido revelarse al hombre y darle la gracia de poder acoger en la fe esa revelación. Sin embargo, las pruebas de la existencia de Dios pueden disponer a la fe y ayudar a ver que la fe no se opone a la razón humana.
III El conocimiento de Dios según la Iglesia
36 “La Santa Madre Iglesia, mantiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas” (Concilio Vaticano I, Const. dogm. Dei Filius, c.2: DS 3004; cf. Ibíd., De revelatione, canon 2: DS 3026; Concilio Vaticano II, DV 6). Sin esta capacidad, el hombre no podría acoger la revelación de Dios. El hombre tiene esta capacidad porque ha sido creado “a imagen de Dios” (cf. Gn 1,27).
37 Sin embargo, en las condiciones históricas en que se encuentra, el hombre experimenta muchas dificultades para conocer a Dios con la sola luz de su razón:
«A pesar de que la razón humana, sencillamente hablando, pueda verdaderamente por sus fuerzas y su luz naturales, llegar a un conocimiento verdadero y cierto de un Dios personal, que protege y gobierna el mundo por su providencia, así como de una ley natural puesta por el Creador en nuestras almas, sin embargo hay muchos obstáculos que impiden a esta misma razón usar eficazmente y con fruto su poder natural; porque las verdades que se refieren a Dios y a los hombres sobrepasan absolutamente el orden de las cosas sensibles, y cuando deben traducirse en actos y proyectarse en la vida exigen que el hombre se entregue y renuncie a sí mismo. El espíritu humano, para adquirir semejantes verdades, padece dificultad por parte de los sentidos y de la imaginación, así como de los malos deseos nacidos del pecado original. De ahí procede que en semejantes materias los hombres se persuadan de que son falsas, o al menos dudosas, las cosas que no quisieran que fuesen verdaderas (Pío XII, enc. Humani generis: DS 3875).
38 Por esto el hombre necesita ser iluminado por la revelación de Dios, no solamente acerca de lo que supera su entendimiento, sino también sobre “las verdades religiosas y morales que de suyo no son inaccesibles a la razón, a fin de que puedan ser, en el estado actual del género humano, conocidas de todos sin dificultad, con una certeza firme y sin mezcla de error” (ibid., DS 3876; cf. Concilio Vaticano I: DS 3005; DV 6; santo Tomás de Aquino, S.Th. 1, q. 1 a. 1, c.).
IV ¿Cómo hablar de Dios?
39 Al defender la capacidad de la razón humana para conocer a Dios, la Iglesia expresa su confianza en la posibilidad de hablar de Dios a todos los hombres y con todos los hombres. Esta convicción está en la base de su diálogo con las otras religiones, con la filosofía y las ciencias, y también con los no creyentes y los ateos.
40 Puesto que nuestro conocimiento de Dios es limitado, nuestro lenguaje sobre Dios lo es también. No podemos nombrar a Dios sino a partir de las criaturas, y según nuestro modo humano limitado de conocer y de pensar.
41 Todas las criaturas poseen una cierta semejanza con Dios, muy especialmente el hombre creado a imagen y semejanza de Dios. Las múltiples perfecciones de las criaturas (su verdad, su bondad, su belleza) reflejan, por tanto, la perfección infinita de Dios. Por ello, podemos nombrar a Dios a partir de las perfecciones de sus criaturas, “pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor” (Sb 13,5).
42 Dios transciende toda criatura. Es preciso, pues, purificar sin cesar nuestro lenguaje de todo lo que tiene de limitado, de expresión por medio de imágenes, de imperfecto, para no confundir al Dios “que está por encima de todo nombre y de todo entendimiento, el invisible y fuera de todo alcance” (Liturgia bizantina. Anáfora de san Juan Crisóstomo) con nuestras representaciones humanas. Nuestras palabras humanas quedan siempre más acá del Misterio de Dios.
43 Al hablar así de Dios, nuestro lenguaje se expresa ciertamente de modo humano, pero capta realmente a Dios mismo, sin poder, no obstante, expresarlo en su infinita simplicidad. Es preciso recordar, en efecto, que “entre el Creador y la criatura no se puede señalar una semejanza tal que la desemejanza entre ellos no sea mayor todavía” (Concilio de Letrán IV: DS 806), y que “nosotros no podemos captar de Dios lo que Él es, sino solamente lo que no es, y cómo los otros seres se sitúan con relación a Ël” (Santo Tomás de Aquino, Summa contra gentiles, 1,30).
Resumen
44 El hombre es por naturaleza y por vocación un ser religioso. Viniendo de Dios y yendo hacia Dios, el hombre no vive una vida plenamente humana si no vive libremente su vínculo con Dios.
45 El hombre está hecho para vivir en comunión con Dios, en quien encuentra su dicha.”Cuando yo me adhiera a ti con todo mi ser, no habrá ya para mi penas ni pruebas, y mi vida, toda llena de ti, será plena” (San Agustín, Confessiones, 10,28,39).
46 Cuando el hombre escucha el mensaje de las criaturas y la voz de su conciencia, entonces puede alcanzar a certeza de la existencia de Dios, causa y fin de todo.
47 La Iglesia enseña que el Dios único y verdadero, nuestro Creador y Señor, puede ser conocido con certeza por sus obras, gracias a la luz natural de la razón humana (cf. Concilio Vaticano I: DS 3026).
48 Nosotros podemos realmente nombrar a Dios partiendo de las múltiples perfecciones de las criaturas, semejanzas del Dios infinitamente perfecto, aunque nuestro lenguaje limitado no agote su misterio.
49 “Sin el Creador la criatura se […] diluye” (GS 36). He aquí por qué los creyentes saben que son impulsados por el amor de Cristo a llevar la luz del Dios vivo a los que no le conocen o le rechazan.