Introducción

El Libro de la Sabiduría forma juego con los libros de los Proverbios y Eclesiastés. Trata de la Sabiduría, pero presentándola no ya como aquel —en forma de virtud de orden práctico que desciende al detalle de los problemas temporales—, ni tampoco, según hace este, como un concepto general y anti-humanista de la vida, en sí misma, sino como una sabiduría toda espiritual y sobrenatural, verdadero secreto revelado amorosamente por Dios. Más que otros libros del Antiguo Testamento, tiene este por objeto inculcar a los reyes y dirigentes la noción de su cometido, su alto destino y su tremenda responsabilidad ante Dios, y a todos la admiración y el amor de la sabiduría, la cual aparece dotada de personalidad y atributos divinos, como que no es sino el Verbo eterno del Padre, que había de encarnarse por obra del Espíritu Santo para revelarse a los hombres.

En los Salmos presenta el Profeta David al sol como una imagen de Dios, de cuyo benéfico influjo nadie puede esconderse (Salmo 18, 6 s.). Esto no es una mera figura literaria sino —como todo en los Salmos— una enseñanza. El sol es como Dios, fuego ardiente y abrasador (Éxodo 24, 17; Deuteronomio 4, 24; 9, 3; Isaías 10, 17; Hebreos 11, 29) o sea que arde en sí mismo y además comunica su llama. El sol es luz y calor a un tiempo, y nos envía sus rayos gratuitamente. Y en el rayo solar (como vemos cuando atraviesa el transparente vidrio de una ventana) es también inseparable la luz del calor. Así la luz, el Verbo-Jesús (Juan 1, 9; 2 Timoteo 1, 10) y la llama del amor del Espíritu Santo (Mateo 3, 11; Hechos de los Apóstoles 2, 3) proceden ambas inseparablemente del divino Sol, del divino Padre. El apóstol Santiago resume ambos aspectos de Dios diciéndonos a un tiempo que Él es «el Padre de las luces», y que de Él procede todo el bien que recibimos (Santiago 1, 17). Él es al mismo tiempo la «Luz en la cual no hay tinieblas» (1 Juan 1, 5), y el Padre del amor que se derrama en misericordia (Salmo 102, 13; 2 Corintios 1, 3; Efesios 2, 4).

Pues bien, ese rayo de sol que nos envía el Padre con su Verbo de luz y con su Espíritu de amor, eso es la sabiduría. De ahí que en ella sean inseparables conocimiento y amor, así como por Cristo, Palabra del Padre, nos fue dado el Espíritu Paráclito que vino en lenguas de fuego. Sapientia sapida scientia, dice San Bernardo, esto es, ciencia sabrosa, que entraña a un tiempo el saber y el sabor. Así es la divina maravilla de la Sabiduría. Es decir, que probarla es adoptarla, pero también que nadie la querrá mientras no la guste, porque, ni puede amarse lo que no se conoce, ni tampoco se puede dejar de amar aquello que se conoce como soberanamente amable.

Tal es el misterio del Dios Amor («Caritas Pater»), que nos da su Hijo («Gratia Filius») y que luego, aplicándonos, como si fueran nuestros, los méritos de ese Hijo, nos comunica la participación a su divina Esencia (2 Pedro 1, 4) mediante su Santo Espíritu («Communicatio Spiritus Sanctus»: cf. la antífona 1ª del III Nocturno de la Santísima Trinidad, inspirada en 2 Corintios 13, 13), engendrándonos de nuevo para esa vida divina (Juan 1, 13; 3, 5; 1 Pedro 1, 3), según la cual somos y seremos hijos suyos, no solo adoptivos (Efesios 1, 5) sino verdaderos (1 Juan 3, 1), nacidos de Dios (Juan 1, 12-13), semejantes al mismo Jesucristo: desde ahora, en espíritu (1 Juan 3, 2): y un día, también en el cuerpo (Filipenses 3, 21), para que Él sea nuestro Hermano mayor (Romanos 8, 29).

Tal es la sabiduría cuya descripción, que es como decir su elogio, se hace en este libro sublime. Como fruto de ella, podemos decir que, al hacernos sentir así la suavidad de Dios, nos da el deseo de su amor que nos lleva a buscarlo apasionadamente, como el que descubre el tesoro escondido (Isaías 45, 3) y la perla preciosa del Evangelio (Mateo 13). He aquí el gran secreto, de incomparable trascendencia: La moral es la ciencia de lo que debemos hacer. La sabiduría es el arte de hacerlo sin esfuerzo y con gusto, como todo el que obra impelido por el amor (Kempis, III, 5).

El mismo Kempis nos dice cómo este sabor de Dios, que la sabiduría proporciona, excede a todo deleite (III, 34), y cómo las propias Palabras de Cristo tienen un maná escondido y exceden a las palabras de todos los santos (I, 1, 4). ¿Podrá alguien decir luego que es una ociosidad estudiar así estos secretos de la Biblia? Cada uno puede hacer la experiencia, y preguntarse si, mientras está con su mente ocupada en estas cosas, podría dar cabida a la inclinación de pecar, ¿No basta, entonces, para reconocer que este es el remedio por excelencia para nuestras almas? ¿No es el que la madre usa por instinto, al ocupar la atención del niño con algún objeto llamativo para desviarlo de ver lo que no le conviene? Y así es como la Sabiduría lleva a la humildad, pues el que esto experimenta comprende bien que, si se libró del pecado, no fue por méritos propios, sino por virtud de la Palabra divina que le conquistó el corazón.

Tal es exactamente lo que enseña, desde el Salmo 1 (vv. 1-3), el Profeta David, a quien Dios puso «a fin de llenar de sabiduría a nuestros corazones» (Eclesiástico 45, 31): El contacto asiduo con las Palabras divinas asegura el fruto de nuestra vida. Cf. también Proverbios 4, 23; 22, 17; Eclesiástico 1, 18; 30, 24; 37, 21; 39, 6; 51, 28; Jeremías 24, 7; 30, 21; Baruc 2, 31; Ezequiel 36, 26; Lucas 6, 45; Mateo 15, 19; Hebreos 13, 9.

Mas para probar la eficacia de este remedio sobrenatural, claro está que hay que adoptarlo. Y eso es lo que el Papa acaba de proponer a los Pastores de almas, recordándoles, con San Jerónimo, que si el conocimiento de Cristo es lo único que puede salvar al mundo, ello supone el conocimiento de las Escrituras, porque «ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo».

He aquí lo que el Sumo Pontífice Pío XII se propone al promover con la nueva Encíclica «Divino Afflante Spiritu» el amor a la Biblia, y su enseñanza al pueblo, sin detenerse hasta llegar a darla y comentarla en la prensa.

El libro de la Sabiduría fue escrito en griego y pertenece, por lo tanto, a los Libros deuterocanónicos de la Biblia. Fue compuesto probablemente no en Palestina sino en Egipto, donde había muchos judíos que ya no comprendían el hebreo, y por consiguiente usaban los Libros Santos en lengua griega.

El texto griego señala como autor al rey Salomón; no así la Vulgata, la cual no pone nombre de autor. La opinión de que el Libro fuese escrito por Salomón fue abandonada ya en los primeros siglos, y esto con toda razón. Ahora bien, como Salomón aparece hablando en los caps. 7, 8 y 9, nada impide que miremos esas palabras como propias del sapientísimo rey y trasmitidas posteriormente. (Véase introducción al Libro del Eclesiastés).

El verdadero autor, desconocido, debió de ser un varón piadoso que buscaba consuelo en la contemplación de los misterios de Dios, y parece que se propuso fortalecer a las víctimas de una persecución, para lo cual el Libro es de una inspiración incomparable.

El tiempo de la composición no ha de fijarse antes del año 300 a. C. Lo más probable es que se escribiera hacia el año 200 a. C. A esta conclusión llegan los exégetas en atención a que el libro fue compuesto en griego y que el autor conoce ideas cuyos orígenes han de buscarse en la escuela filosófica de Alejandría; lo cual no significa en manera alguna que el autor sagrado pague tributo a ellas. Antes por el contrario es este, por su asunto, uno de los libros más esencialmente sobrenaturales de la Escritura, como vemos por su altísima teología que parece un anticipo del Nuevo Testamento.

Tratándose de un libro deuterocanónico, que no está en la Biblia hebrea, presentamos el texto (corregido) de nuestra edición de la Vulgata (Edit. Guadalupe).

I. La sabiduría: su naturaleza y sus frutos

Sabiduría 1

Exhortación a adquirir la sabiduría

1, 1 [1] Amad la justicia, vosotros los que juzgáis la tierra. Sentid bien del Señor, y buscadle con sencillez de corazón.

1, 2 [2] Porque los que no le tientan le hallan, y se manifiesta a aquellos que en Él confían.

1, 3 [3] Pues los pensamientos perversos apartan de Dios, cuyo poder puesto a prueba redarguye a los necios.

1, 4 Porque la sabiduría no entrará en alma maligna, ni habitará en el cuerpo sometido al pecado.

1, 5 [4] El Espíritu Santo que la enseña, huye de las ficciones; se aparta de los pensamientos desatinados, y es repelido por la presencia de la iniquidad.

El pecador no puede escapar al castigo

1, 6 [5] Ciertamente, el Espíritu de la sabiduría es benigno, y no dejará sin castigo los labios del maldiciente; porque Dios es testigo de sus afectos interiores, escudriñador infalible de su corazón, y entendedor de su lenguaje.

1, 7 [6] Por cuanto el Espíritu del Señor llena el mundo universo; y El que contiene todas las cosas, tiene conocimiento de lo que se habla.

1, 8 Por eso el que habla cosas malas no puede esconderse, ni escapará del juicio vengador.

1, 9 Pues se le interrogará al impío sobre sus pensamientos; y llegarán a los oídos de Dios sus palabras, para castigo de sus maldades.

1, 10 [7] Porque el oído celoso de Dios todo lo oye; ni encubrirse puede el ruido de las murmuraciones.

1, 11 [8] Guardaos, pues, de la murmuración, la cual de nada aprovecha, y refrenad la lengua de detracción; porque ni una palabra dicha a escondidas se irá por el aire; y la boca mentirosa da muerte al alma.

No es Dios quien hizo la muerte

1, 12 No os afanéis en acarrearos la muerte con el descarrío de vuestra vida; ni os granjeéis la perdición con las obras de vuestras manos.

1, 13 [9] Porque no es Dios quien hizo la muerte, ni se complace en la perdición de los vivientes.

1, 14 Todo lo creó para la vida; saludables hizo las cosas que nacen en el mundo. Nada hay en ellas de ponzoñoso ni nocivo, ni reino del infierno en la tierra.

1, 15 Puesto que la justicia es perpetua e inmortal.

1, 16 [10] Mas los impíos con las manos y con las palabras llamaron a la muerte; y reputándola como amiga, vinieron a corromperse hasta hacer con ella alianza, como dignos de tal sociedad.

Sabiduría 2

Los impíos niegan la vida eterna

2, 1 [11] Dijeron entre sí, discurriendo sin juicio: «Corto y lleno de tedio es el tiempo de nuestra vida; no hay consuelo en el fin del hombre; ni se ha conocido nadie que haya vuelto de los infiernos.

2, 2 Hemos nacido de la nada, y pasado lo presente seremos como si nunca hubiésemos sido. La respiración de nuestras narices es humo, y el habla como una chispa, con la cual se mueve nuestro corazón.

2, 3 [12] Apagada que sea, quedará nuestro cuerpo reducido a ceniza; y el espíritu se disipará, cual sutil aire. Se ha de desvanecer nuestra vida; como una nube que pasa; y desaparecerá, como niebla herida de los rayos del sol y oprimida de su calor.

2, 4 Caerá en olvido con el tiempo nuestro nombre, sin que quede memoria de nuestras obras.

2, 5 [13] Porque el tiempo de nuestra vida es una sombra que pasa; ni hay retorno después de nuestra muerte; porque queda puesto el sello, y nadie vuelve atrás.»

Los impíos corren tras los placeres

2, 6 [14] «Venid y gocemos de los bienes presentes; apresurémonos a disfrutar de las creaturas, como en la juventud.

2, 7 Llenémonos de vinos exquisitos, y de olorosos perfumes, y no dejemos pasar la flor de la edad.

2, 8 [15] Coronémonos de rosas antes que se marchiten; no haya prado por donde no pase nuestra intemperancia.

2, 9 Ninguno de nosotros deje de tomar parte en nuestra lascivia; dejemos por todas partes vestigios de nuestro regocijo, ya que nuestra herencia es esta, y tal nuestra suerte.»

El odio de los impíos al justo

2, 10 [16] «Oprimamos al justo desvalido, no perdonemos a la viuda, ni respetemos las canas del anciano de muchos días.

2, 11 [17] Sea nuestra fortaleza la ley de la justicia; pues lo flaco de nada sirve.

2, 12 [18] Armemos lazos al justo, visto que él no es de provecho para nosotros, y que es contrario a nuestras obras. Nos echa en cara los pecados contra la ley; y nos desacredita, divulgando nuestra conducta.

2, 13 [19] Protesta tener la ciencia de Dios, y se llama a sí mismo hijo de Dios.

2, 14 Se ha hecho el censor de nuestros pensamientos.

2, 15 No podemos sufrir ni aun su vista; porque no se asemeja su vida a la de los otros, y sigue una conducta muy diferente.

2, 16 [20] Nos mira como a gente frívola, se abstiene de nuestros usos como de inmundicias, prefiere las postrimerías de los justos, y se gloría de tener a Dios por padre.

2, 17 Veamos ahora si sus palabras son verdaderas; experimentemos lo que le acontecerá, y veremos cuál será su paradero.

2, 18 [21] Que si es verdaderamente hijo de Dios, Dios le tomará a su cargo, y le librará de las manos de los adversarios.

2, 19 [22] Examinémosle a fuerza de afrentas y tormentos, para conocer su resignación y probar su paciencia.

2, 20 [23] Condenémosle a la más infame muerte; pues que según sus palabras será él atendido.»

La muerte obra del diablo

2, 21 Tales cosas idearon, mas desatinaron, cegados de su propia malicia.

2, 22 No entendieron los misterios de Dios, ni esperaron la recompensa de la justicia; ni hicieron caso de la gloria de las almas santas.

2, 23 [24] Porque Dios creó inmortal al hombre, y le formó a su imagen y semejanza;

2, 24 [25] mas por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo;

2, 25 [26] e imitan al diablo los que son de su bando.

Sabiduría 3

El destino de los justos

3, 1 [27] Mas las almas de los justos están en la mano de Dios; y no llegará a ellas el tormento de la muerte.

3, 2 [28] A los ojos de los insensatos pareció que morían; y su tránsito se miró como una desgracia,

3, 3 [29] y como un aniquilamiento su partida de entre nosotros, mas ellos reposan en paz.

3, 4 Y si delante de los hombres han padecido tormentos, su esperanza está llena de la inmortalidad.

3, 5 [30] Su tribulación ha sido ligera, y su galardón será grande, porque Dios hizo prueba de ellos, y los halló dignos de sí.

3, 6 [31] Los probó como el oro en el crisol, y los aceptó como víctima de holocausto, y a su tiempo se les dará la recompensa.

3, 7 [32] Brillarán los justos, y discurrirán como centellas por un cañaveral.

3, 8 [33] Juzgarán a las naciones y dominarán a los pueblos. El Señor reinará sobre ellos eternamente.

3, 9 [34] Los que confían en Él, entenderán la verdad; y los fieles a su amor descansarán en Él, pues que la gracia y la paz es para sus escogidos.

La desdicha de los impíos

3, 10 Mas los impíos serán castigados a medida de sus pensamientos: ellos que no hicieron caso de la justicia, y apostataron del Señor.

3, 11 Porque desdichado es quien desecha la sabiduría y la instrucción, y vana es su esperanza; sin fruto sus trabajos, e inútiles sus obras.

3, 12 Las mujeres de los tales son unas locas, y perversísimos sus hijos.

3, 13 [35] Maldita la raza de ellos. Porque dichosa será la estéril; la sin mancilla, la que conservó inmaculado su lecho, ella recibirá la recompensa en la visitación de las almas santas.

3, 14 [36] Asimismo el eunuco, cuyas manos no han obrado la iniquidad, ni ha pensado cosas criminales contrarias a Dios; pues se le dará un don precioso por su fidelidad, y un destino muy distinguido en el templo de Dios.

3, 15 [37] Porque glorioso es el fruto de las buenas obras; y nunca se seca la raíz de la sabiduría.

3, 16 Mas los hijos de los adúlteros jamás alcanzarán madurez, y extirpada será la raza del tálamo impuro.

3, 17 Y dado que tuvieren larga vida, para nada se contará con ellos, y su última vejez será sin honra.

3, 18 Si murieron pronto, no tendrán esperanza, ni quien los consuele en el día de la cuenta.

3, 19 Porque la raza de los malvados tiene un fin nefasto.

Sabiduría 4

Alabanza de la castidad

4, 1 [38] Oh, ¡cuán bella es la generación casta con claridad! Inmortal es su memoria, y en honor delante de Dios y de los hombres.

4, 2 Cuando está presente, la imitan; y cuando se ausenta, la echan de menos; coronada triunfa eternamente, ganando el premio en combates inmaculados.

4, 3 Pero la raza de los impíos, aunque multiplicada, de nada servirá; no echarán hondas raíces los pimpollos bastardos, ni tendrán una estable consistencia.

4, 4 Que si por algún tiempo brotan sus ramas, como no están firmes serán sacudidos por el viento, y desarraigados por la violencia del huracán.

4, 5 Con lo que serán desgajadas sus ramas antes de acabar de formarse; inútiles y de áspero gusto son sus frutos, y para nada buenos.

4, 6 [39] Porque los hijos nacidos de uniones ilícitas, al preguntárseles de quién son, vienen a ser testigos que deponen contra la maldad de sus padres.

De la temprana muerte de los justos

4, 7 [40] Mas el justo, aunque arrebatado de la muerte, estará en lugar de refrigerio.

4, 8 [41] Porque no hacen venerable la vejez los muchos días ni los muchos años; sino que la prudencia del hombre suple las canas,

4, 9 y es edad anciana la vida inmaculada.

4, 10 [42] Porque agradó a Dios, fue amado de Él; y cómo vivía entre los pecadores, fue trasladado a otra parte.

4, 11 [43] Fue arrebatado para que la malicia no alterase su modo de pensar, ni sedujesen su alma las apariencias.

4, 12 [44] Pues el hechizo de la vanidad oscurece el bien; y la inconstancia de la concupiscencia pervierte el ánimo inocente.

4, 13 Con lo poco que vivió, llenó una larga vida.

4, 14 Porque su alma era grata a Dios; por eso se apresuró Él a sacarle de en medio de los malvados. Mas viendo las gentes, no entendieron, ni reflexionaron en su corazón:

4, 15 que la gracia de Dios y la misericordia son para sus santos, y que Él fija su mirada sobre los escogidos.

4, 16 El justo muerto condena a los impíos que viven; y su juventud presto acabada, la larga vida del pecador.

4, 17 Verán el fin del hombre prudente, y no comprenderán los designios de Dios sobre él, ni cómo el Señor le ha puesto en salvo.

4, 18 Le verán, y le mirarán con desprecio, mas el Señor se burlará de ellos.

El fin tremendo de los impíos

4, 19 [45] Al cabo vendrán a morir sin honor, y estarán con eterna infamia entre los muertos; porque Él hará que hinchados revienten por medio, sin que osen abrir su boca, y los desquiciará desde los cimientos. Serán reducidos a extrema desolación; quedarán gimiendo, y perecerá su memoria.

4, 20 [46] Comparecerán llenos de espanto por el remordimiento de sus pecados, y sus iniquidades se levantarán contra ellos.

Sabiduría 5

Lamento de los condenados

5, 1 [47] Entonces los justos se presentarán con gran valor, contra aquellos que los angustiaron y les robaron sus fatigas.

5, 2 [48] A cuyo aspecto se apoderará de estos la turbación, y un temor horrendo; y han de asombrarse de la repentina salvación de ellos, que no esperaban.

5, 3 Arrepentidos, y arrojando gemidos de su angustiado corazón, dirán dentro de sí: «Estos son los que en otro tiempo fueron el blanco de nuestros escarnios y el objeto de oprobio.

5, 4 [49] ¡Insensatos de nosotros! Su vida nos parecía una necedad, y su muerte una ignominia.

5, 5 [50] Mirad cómo son contados en el número de los hijos de Dios, y cómo su suerte es estar con los santos.

5, 6 [51] Luego descarriados nos hemos ido del camino de la verdad; no nos ha alumbrado la luz de la justicia, ni para nosotros ha nacido el sol de la inteligencia.

5, 7 Nos hemos fatigado en seguir la carrera de la iniquidad y perdición; andado hemos por senderos fragosos, sin conocer el camino del Señor.

5, 8 ¿De qué nos ha servido la soberbia? O, ¿qué provecho nos ha traído la ostentación de las riquezas?»

El verdadero aspecto de la vida

5, 9 [52] «Pasaron como sombra todas aquellas cosas, y como mensajero que pasa corriendo;

5, 10 [53] o cual nave que surca las olas del mar, de cuyo tránsito no hay que buscar vestigio, ni la vereda de su quilla en las olas;

5, 11 o como ave que vuela a través del aire, de cuyo vuelo no queda rastro ninguno, y solamente se oye el sacudimiento de las alas con que azota al ligero viento y se abre camino rasgando con fuerza la atmósfera; ella bate sus alas y vuela sin dejar detrás de sí señal ninguna de su rumbo.

5, 12 O como una saeta disparada contra el blanco; corta el aire, y luego este se reúne, sin que se conozca por donde pasó.

5, 13 [54] Así también nosotros, apenas nacidos, dejamos de ser; y ninguna señal de virtud pudimos mostrar, y nos consumimos en nuestra maldad.»

5, 14 [55] Así discurren en el infierno los pecadores,

5, 15 [56] porque la esperanza del impío es como la pelusa que arrebata el viento; o cual espuma ligera que la tempestad deshace; o como humo que disipa el viento; o como la memoria del huésped de un día.

La recompensa de los justos y el castigo de los impíos

5, 16 [57] Mas los justos vivirán eternamente; su galardón está en el Señor, y el Altísimo tiene cuidado de ellos.

5, 17 [58] Por tanto, recibirán de la mano del Señor el reino de la gloria, y una brillante diadema. Los protegerá con su diestra, y con su santo brazo los defenderá.

5, 18 [59] Se armará de todo su celo, y armará las creaturas para tomar venganza en sus enemigos.

5, 19 [60] Tomará la justicia por coraza, y por yelmo el juicio cierto;

5, 20 embrazará por escudo impenetrable la rectitud;

5, 21 [61] de su inflexible ira hará una aguda lanza: y el universo peleará con Él contra los insensatos.

5, 22 [62] Irán derechamente los tiros de los rayos, los cuales serán lanzados de las nubes, como de un arco bien asestado, y herirán a un punto fijo.

5, 23 [63] Y de la cólera como de una ballesta lloverán densos granizos. Se embravecerán contra ellos las olas del mar, y los ríos todos correrán impetuosamente.

5, 24 Se levantará contra ellos un furioso huracán, y en torbellino de viento serán destrozados. Por su iniquidad quedará convertida en un yermo toda la tierra; y los tronos de los potentados serán derrocados por la maldad.

Sabiduría 6

Los reyes y la sabiduría

6, 1 [64] Más vale la sabiduría que la fuerza; y el varón prudente más que el valeroso.

6, 2 Escuchad, pues, oh reyes, y estad atentos; aprended vosotros, oh jueces de toda la tierra.

6, 3 Dad oídos vosotros que tenéis el gobierno de los pueblos, y os gloriáis del vasallaje de muchas naciones.

6, 4 [65] Porque la potestad os la ha dado el Señor; del Altísimo tenéis esa fuerza; el cual examinará vuestras obras, y escudriñará los pensamientos.

6, 5 Porque siendo vosotros ministros de su reino, no juzgasteis con rectitud, ni observasteis la ley de la justicia, ni procedisteis conforme a la voluntad de Dios.

6, 6 [66] Él se os mostrará espantosa y repentinamente; pues los que ejercen potestad sobre otros, serán juzgados con extremo rigor.

6, 7 [67] Porque con los pequeños se usará de compasión; mas los grandes sufrirán grandes tormentos.

6, 8 [68] Que no exceptuará Dios persona alguna, ni respetará la grandeza de nadie; pues al pequeño y al grande, Él mismo los hizo, y de todos cuida igualmente;

6, 9 si bien a los más grandes amenaza mayor suplicio.

6, 10 [69] Por tanto, a vosotros, oh reyes, se dirigen estas mis palabras, a fin de que aprendáis la sabiduría, y no vengáis a resbalar.

6, 11 Porque los que guardan santamente las cosas santas, serán justificados; y los que habrán aprendido estas cosas, hallarán con qué defenderse.

6, 12 Codiciad, pues, mis mandamientos; amadlos y seréis instruidos.

Es cosa fácil encontrar la sabiduría

6, 13 [70] Luminosa es e inmarcesible la sabiduría; y se deja ver fácilmente de los que la aman, y hallar de los que la buscan.

6, 14 Se anticipa a aquellos que la codician; poniéndoseles delante ella misma.

6, 15 [71] Quien madrugare en busca de ella, no tendrá que fatigarse; pues la hallará sentada en su puerta.

6, 16 El tener, pues, el pensamiento ocupado en ella, es prudencia consumada; y el que por amor de ella velare, bien presto estará en reposo.

6, 17 Porque ella misma va por todas partes, buscando a los que son dignos de poseerla; y por los caminos se les presenta con agrado, y en todas las ocasiones les sale al encuentro.

La sabiduría asegura los tronos de los reyes

6, 18 [72] El principio de la sabiduría es un deseo sincerísimo de instrucción.

6, 19 Procurar instruirse es amar (la sabiduría); amarla es guardar sus leyes; y la observancia de estas leyes, es la perfecta incorrupción.

6, 20 La incorrupción une con Dios;

6, 21 [73] luego el deseo de la sabiduría conduce al reino eterno.

6, 22 Ahora bien, oh reyes de los pueblos, si os complacéis en los tronos y cetros, amad la sabiduría, a fin de reinar perpetuamente.

6, 23 [74] Amad la luz de la sabiduría, todos los que estáis al frente de los pueblos.

Exhortación a adquirir la sabiduría

6, 24 [75] Yo os declararé qué cosa es la sabiduría, y cómo fue engendrada; no os ocultaré los misterios de Dios; sino que subiré investigando hasta su primer origen, y pondré en claro su conocimiento, sin ocultar la verdad.

6, 25 No me acompañaré por cierto con el que se repudre de envidia; pues un tal no será participante de la sabiduría.

6, 26 [76] La muchedumbre de sabios es la felicidad del mundo; y un rey sabio es firme sostén del pueblo.

6, 27 Recibid, pues, la instrucción por medio de mis palabras, porque os será provechosa.

Sabiduría 7

Igualdad de los hombres

7, 1 [77] A la verdad, soy también yo mortal, semejante a los demás, y del linaje de aquel que el primero fue formado de la tierra. En el vientre de la madre fui modelado en carne;

7, 2 [78] en el espacio de diez meses fui formado de sangre cuajada, y de la semilla de un hombre, concurriendo lo apacible del sueño.

7, 3 [79] Y luego que nací, respiré el común aire, y caí sobre la misma tierra que todos; y mi primera voz, como la de todos, fue de llanto.

7, 4 Fui criado entre pañales, y con grandes cuidados.

7, 5 Porque no ha tenido otra manera de nacer que esta, ninguno de los reyes.

7, 6 [80] Una misma, pues, es para todos la entrada a la vida, y semejante es la salida.

Elogio de la sabiduría

7, 7 [81] Por esto deseé yo la inteligencia, y me fue concedida; rogué y vino sobre mí el espíritu de sabiduría.

7, 8 La preferí a los reinos y tronos, y en su comparación tuve por nada las riquezas;

7, 9 ni parangoné con ella las piedras preciosas; porque todo el oro, respecto de ella, no es más que una menuda arena, y a su vista la plata será tenida por lodo.

7, 10 [82] La amé más que la salud y la hermosura; y propuse tenerla por luz, porque su resplandor es inextinguible.

7, 11 [83] Me vinieron, juntamente con ella, todos los bienes, e innumerables riquezas por medio de ella.

7, 12 [84] Me gozaba en todas las cosas, porque me guiaba esta sabiduría; e ignoraba yo que ella fuese madre de todos estos bienes.

7, 13 [85] La aprendí sin ficción, y la comunico sin envidia, ni encubro su valor.

7, 14 [86] Pues es un tesoro infinito para los hombres, que a cuantos se han valido de él, ha hecho partícipes de la amistad de Dios, y recomendables por los dones de la doctrina.

La sabiduría divina madre de la sabiduría humana

7, 15 A mí me ha concedido Dios el expresar lo que siento; y tener pensamientos dignos de los dones recibidos, porque Él es la guía de la sabiduría, y el que corrige a los sabios;

7, 16 puesto que estamos en sus manos nosotros, y nuestros discursos, y toda la sabiduría, y la ciencia del obrar, y la disciplina.

7, 17 [87] Él me dio la verdadera ciencia de las cosas existentes; para que yo conozca la constitución del mundo, y las virtudes de los elementos,

7, 18 el principio, fin y medio de los tiempos, las mudanzas de las estaciones, y las vicisitudes de los tiempos;

7, 19 el curso del año, y las posiciones de las estrellas;

7, 20 la naturaleza de los animales, y la bravura de las fieras; la violencia de los vientos, y las inclinaciones de los hombres; la variedad de las plantas, y las virtudes de las raíces.

7, 21 [88] Aprendí cuantas cosas hay ocultas, y nunca vistas; pues me instruyó la sabiduría que es el artífice de todas.

Origen y atributos de la sabiduría

7, 22 [89] Porque en ella tiene su morada el espíritu de inteligencia, el cual es santo, único, multiforme, sutil, elocuente, ágil, inmaculado, infalible, suave, amante del bien, perspicaz, irresistible, benéfico,

7, 23 [90] amador de los hombres, benigno, estable, constante, seguro. Lo puede todo, todo lo prevé, y abarca todos los espíritus; es inteligente, puro y sutil.

7, 24 Pues la sabiduría es más ágil que todas las cosas que se mueven, y alcanza a todas partes, a causa de su pureza;

7, 25 siendo como es una exhalación de la virtud de Dios, o como una pura emanación, de la gloria de Dios omnipotente; por eso no tiene lugar en ella cosa manchada;

7, 26 [91] como que es el resplandor de la luz eterna, un espejo sin mancilla de la majestad de Dios, y una imagen de su bondad.

7, 27 [92] Con ser una sola lo puede todo, y siendo en sí inmutable todo lo renueva; se derrama por las naciones, entre las almas santas, formando amigos de Dios y profetas.

7, 28 [93] Porque Dios solamente ama al que mora con la sabiduría,

7, 29 [94] la cual es más hermosa que el sol, y sobrepuja a todo el orden de las estrellas, y si se la compara con la luz, le hace muchas ventajas;

7, 30 [95] visto que a la luz la alcanza la noche; pero la malicia jamás prevalece contra la sabiduría.

Sabiduría 8

La sabiduría abarca todos los bienes

8, 1 [96] Ella abarca fuertemente (todas las cosas), de un cabo a otro, y las ordena todas con suavidad.

8, 2 [97] A esta amé yo, y la busqué desde mi juventud, y procuré tomarla por esposa mía, y quedé enamorado de su hermosura.

8, 3 [98] Realza su nobleza la estrecha unión que tiene con Dios; y además la ama el Señor de todas las cosas;

8, 4 [99] siendo ella la maestra de la ciencia de Dios, y la directora de sus obras.

8, 5 [100] Y si en esta vida se codician las riquezas, ¿qué cosa más rica que la sabiduría, creadora de todas las cosas?

8, 6 Si la industria es la que produce las obras, ¿quién mejor que la sabiduría mostró el arte en estas cosas existentes?

8, 7 [101] Si alguno ama la justicia, frutos son de los trabajos de esta las grandes virtudes, porque enseña la templanza, y la prudencia, y la justicia, y la fortaleza, que son las cosas más útiles a los hombres en esta vida.

8, 8 [102] Si alguno desea el mucho saber, ella es la que sabe lo pasado, y forma juicio de lo futuro; conoce los artificios de los discursos, y las soluciones de los argumentos; adivina los prodigios y maravillas antes, que sucedan, y los acontecimientos de los tiempos y de los siglos.

La sabiduría compañera de nuestra vida

8, 9 [103] Propuse traérmela, para vivir en su compañía, sabiendo que comunicará conmigo sus bienes, y será el consuelo mío, en mis cuidados y penas.

8, 10 [104] Por ella seré ilustre entre las gentes; joven seré honrado de los ancianos.

8, 11 [105] Me reconocerán por agudo en el juzgar, seré admirable a los ojos de los grandes, y los príncipes manifestarán en sus semblantes la admiración que les causo.

8, 12 [106] Si callo, estarán en expectación, y si hablo me escucharán atentos; y cuando me extendiere en mi discurso, pondrán el dedo en sus labios.

8, 13 Además de esto, por ella adquiriré la inmortalidad, y dejaré memoria eterna de mí a los venideros.

8, 14 [107] Gobernaré los pueblos, y se sujetarán a mí las naciones.

8, 15 Temblarán los reyes feroces, al oír mi nombre; con el pueblo me mostraré benigno, y valiente en la guerra.

8, 16 [108] Entrando en mi casa tendré con ella mi reposo, porque su conversación no tiene amargura, ni tedio su trato, sino consuelo y alegría.

Esfuerzos por adquirir la sabiduría

8, 17 [109] Considerando yo esto para conmigo, y revolviendo en mi corazón cómo en la unión con la sabiduría se halla la inmortalidad,

8, 18 [110] y un santo placer en su amistad, e inagotables tesoros en las obras de sus manos, y la prudencia en el ejercicio de conversar con ella, y grande gloria en participar de sus razonamientos, andaba por todas partes, buscando cómo apropiármela.

8, 19 [111] Ya de niño era yo de buen ingenio, y me cupo por suerte una buena alma.

8, 20 Creciendo en la bondad vine a un cuerpo incontaminado;

8, 21 [112] y luego que llegué a entender que no podría ser continente, si Dios no me lo otorgaba —y era ya afecto de la sabiduría el saber de quién venía este don— acudí al Señor, a quien se lo pedí con fervor, diciendo de todo mi corazón:

Sabiduría 9

Oración de Salomón

9, 1 [113] «Oh Dios de mis padres, y Señor de misericordia, que hiciste todas las cosas por medio de tu Palabra,

9, 2 y con tu sabiduría formaste al hombre, para que fuese señor de las creaturas que Tú hiciste;

9, 3 a fin de que gobernase la redondez de la tierra con equidad y justicia, y ejerciese el juicio con rectitud de corazón;

9, 4 [114] dame aquella sabiduría que asiste a tu trono, y no quieras excluirme de entre tus hijos;

9, 5 ya que soy siervo tuyo e hijo de tu esclava, hombre flaco, y de corta edad, y poco idóneo para entender el juicio y las leyes.

9, 6 [115] Porque aun cuando alguno de entre los hijos de los hombres fuese consumado, si se ausentare de él tu sabiduría, no valdría nada

9, 7 Tú me escogiste por rey de tu pueblo, y por juez de tus hijos e hijas.

9, 8 [116] Me mandaste edificar el Templo en tu santo monte, y un altar en la ciudad de tu morada, a semejanza de tu santo tabernáculo, que dispusiste desde el principio.

9, 9 Contigo está tu sabiduría, que conoce tus obras, la cual se hallaba también entonces cuando creabas al mundo, y sabía lo que era acepto a tus ojos, y qué cosa era conforme a tus decretos.

9, 10 [117] Envíala de tus santos cielos y del solio de tu grandeza, para que esté conmigo, y conmigo trabaje, a fin de que sepa yo lo que te place.

9, 11 [118] Porque sabe ella todas las cosas, y todo lo entiende; me guiará con acierto en mis empresas, y me protegerá con su poder;

9, 12 con lo cual mis obras serán aceptas, y gobernaré con justicia a tu pueblo, siendo digno del trono de mi padre.

9, 13 [119] Pues, ¿quién de los hombres podrá saber los consejos de Dios? ¿O quién podrá averiguar qué es lo que Dios quiere?

9, 14 Porque inseguros son los pensamientos de los mortales, e inciertas nuestras providencias.

9, 15 [120] El cuerpo corruptible agrava al alma, y la morada terrestre deprime la mente, ocupada en muchas cosas.

9, 16 [121] Difícilmente llegamos a formarnos un concepto de las cosas de la tierra; y a duras penas entendemos lo que tenemos delante. ¿Quién podrá, pues, investigar lo que está en el cielo?

9, 17 Y ¿quién podrá conocer tu voluntad, si Tú no le das la sabiduría y no envías desde lo más alto tu santo Espíritu;

9, 18 con que sean enderezados los caminos de los moradores de la tierra, y aprendan los hombres lo que te place?

9, 19 [122] Visto que por la sabiduría fueron salvados, oh Señor, cuantos desde el principio te fueron aceptos.»

II. Demostración histórica

Sabiduría 10

El papel de la sabiduría en la vida de Adán

10, 1 [123] Ella guardó al que fue por Dios formado primer padre del mundo, habiendo sido creado él solo;

10, 2 [124] y ella le sacó de su pecado, y le dio potestad para gobernar todas las cosas.

10, 3 [125] Luego que apostató de esta el impío, arrebatado de la ira, se halló perdido por la furia del homicidio fraterno.

Noé

10, 4 [126] Y cuando por causa de él las aguas anegaron la tierra, la Sabiduría puso nuevamente remedio, conduciendo al justo en un leño despreciable.

Abrahán

10, 5 [127] Ella, igualmente, cuando las gentes conspiraron a una para obrar mal, distinguió al justo, le conservó irreprensible para Dios, y le mantuvo fuerte contra su ternura por el hijo.

Lot

10, 6 [128] La (sabiduría) libró al justo, que huía de los impíos, que perecieron cuando cayó el fuego sobre la Pentápolis;

10, 7 [129] cuya tierra, en testimonio de las maldades de ella, persevera desierta y humeando, y los árboles dan frutos sin sazón; y queda fija la estatua de sal, como monumento de un alma incrédula.

10, 8 Así aquellos que dieron de mano a la sabiduría, no solamente vinieron a desconocer la virtud, sino que dejaron a los hombres memoria de su necedad, por manera que no pudieron encubrir los pecados que cometieron.

10, 9 Al contrario, la sabiduría libró de los dolores a los que la respetaban.

Jacob

10, 10 [130] Ella condujo por caminos seguros al justo, cuando huía de la ira de su hermano; le mostró el reino de Dios, y le dio la ciencia de los santos; le enriqueció en medio de las fatigas, y recompensó sus trabajos.

10, 11 [131] Cuando querían sorprenderle con sus fraudes, ella le asistió y le hizo rico.

10, 12 [132] Le guardó de los enemigos y le defendió de los seductores, e le hizo salir vencedor en la gran lucha, a fin de que conociese que de todas las cosas la más poderosa es la sabiduría.

José

10, 13 [133] Esta misma no desamparó al justo vendido; antes le libró de los pecadores, y descendió con él a la mazmorra;

10, 14 [134] ni le desamparó en las prisiones, sino que le dio el bastón del reino, y el poder contra aquellos que le oprimían; convenció de mentirosos a los que le habían infamado, y le procuró una gloria eterna.

La sabiduría libra a los israelitas

10, 15 [135] Esta libró al pueblo justo, y al linaje irreprensible, de las naciones que la oprimían;

10, 16 [136] entrándose en el alma del siervo de Dios, el cual contrastó a reyes formidables, a fuerza de portentos y milagros.

10, 17 [137] Esta les dio a los justos el galardón de sus trabajos, y los condujo por sendas maravillosas; les sirvió de toldo durante el día, y de luz de estrellas por la noche.

10, 18 Los pasó por el Mar Rojo a la otra orilla, y los fue guiando entre montañas de aguas.

10, 19 [138] A sus enemigos los sumergió en el mar, pero a ellos los retiró del profundo abismo. Así los justos se llevaron los despojos de los impíos;

10, 20 [139] y celebraron con cánticos, oh Señor, tu santo nombre,

10, 21 [140] alabando todos a una tu diestra vencedora. Porque la sabiduría abrió la boca de los mudos, e hizo elocuentes las lenguas de los niños.

Sabiduría 11

La sabiduría protegió a Israel en el desierto

11, 1 [141] La misma dirigió sus pasos bajo el gobierno del santo profeta.

11, 2 Viajaron por desiertos inhabitados, y acamparon en lugares yermos.

11, 3 [142] Hicieron frente a sus enemigos, y se vengaron de sus contrarios.

11, 4 [143] Tuvieron sed, y te invocaron, y les fue dada agua de una altísima peña, y refrigerio a su sed de una dura piedra.

Cómo la sabiduría castigó a los egipcios

11, 5 Por tanto, en lo mismo que fueron castigados sus enemigos, cuando les faltó el agua para beber, los hijos de Israel se gozaban por tenerla en abundancia;

11, 6 y por eso cuando a aquellos les faltó, recibieron estos tan singular beneficio.

11, 7 [144] Porque realmente a los malvados les diste a beber sangre humana, en vez de las aguas del perenne río.

11, 8 Y cuando perecían estos, en pena de haber hecho morir a los niños, diste a los tuyos agua abundante contra toda esperanza;

11, 9 demostrando por la sed, que hubo entonces, cómo ensalzabas a los tuyos, y hacías perecer a sus contrarios.

11, 10 [145] Pues viéndose ellos puestos a prueba, y afligidos, bien que con misericordia, echaron de ver cómo los impíos eran atormentados y castigados con indignación.

11, 11 [146] Verdaderamente que a los unos los probaste como padre que amonesta; mas a los otros los pusiste en juicio, y los condenaste como rey inexorable,

11, 12 siendo atormentados igualmente, en ausencia y en presencia.

11, 13 Porque eran castigados con doble pesar y llanto, y con la memoria de las cosas pasadas.

11, 14 Pues al oír que era bien para los otros lo que para ellos había sido tormento, conocieron la mano del Señor, asombrados del éxito de los sucesos.

11, 15 [147] Así fue que a aquel de quien en aquella inhumana exposición se mofaban, como de un desechado, al fin de los sucesos le miraban con admiración, habiendo ellos padecido una sed, bien diferente de la de los justos.

Castigo de la idolatría de los egipcios

11, 16 [148] Y en castigo de las ideas locas de su iniquidad, según las cuales algunos, desviados, adoraban mudas serpientes, y viles bestias, Tú enviaste contra ellos para vengarte una muchedumbre de animales estúpidos,

11, 17 [149] a fin de que conociesen cómo por aquellas cosas en que uno peca, por esas mismas es atormentado.

11, 18 [150] No porque tu mano omnipotente, que creó al mundo de una materia nunca vista, no pudiera enviar contra ellos multitud de osos y de feroces leones,

11, 19 [151] o fieras de una nueva especie desconocida, llenas de furor, que respirasen llamas de fuego, o despidiesen una negra humareda, o arrojasen por los ojos espantosas centellas,

11, 20 que no solamente con sus mordeduras hubieran podido exterminarlos, sino aun con la sola vista hacerlos morir de espanto.

11, 21 [152] Pero aun sin nada de todo esto, con un solo aliento podían ser muertos, perseguidos de sus propios crímenes, y disipados por un soplo de tu potencia; mas Tú dispones todas las cosas con medida, número y peso.

11, 22 Porque Tú solo tienes siempre a mano el sumo poder. ¿Quién puede resistir a la fuerza de tu brazo?

Castigo misericordioso

11, 23 El mundo todo es delante de Ti como un granito en la balanza, y como una gota de rocío que por la mañana desciende sobre la tierra.

11, 24 [153] Pero Tú tienes misericordia de todos, por lo mismo que todo lo puedes, y disimulas los pecados de los hombres, a fin de que hagan penitencia;

11, 25 [154] porque Tú amas todo cuanto tiene ser, y nada aborreces de todo lo que has hecho; que si alguna cosa aborrecieras, nunca la hubieras ordenado ni hecho.

11, 26 ¿Cómo podría durar alguna cosa, si Tú no quisieses? ¿Ni cómo conservarse nada sin orden tuya?

11, 27 [155] Pero Tú eres indulgente para con todas las cosas, porque tuyas son, oh Señor, amador de las almas.

Sabiduría 12

Longanimidad de Dios

12, 1 [156] ¡Oh, cuan benigno y suave es, oh Señor, tu espíritu en todas las cosas!

12, 2 [157] De aquí es que a los que andan perdidos Tú los castigas poco a poco; y los amonestas por las faltas que cometen, y les hablas, para que, dejada la malicia, crean en Ti, oh Señor.

Castigo de los cananeos

12, 3 Porque Tú miraste con horror a los antiguos moradores de tu tierra santa;

12, 4 pues hacían obras detestables a tus ojos con hechicerías y sacrificios impíos,

12, 5 [158] matando sin piedad a sus propios hijos, y comiendo las entrañas humanas, y bebiendo la sangre en medio de tu sagrada tierra.

12, 6 A estos padres, procreadores de aquellas criaturas abandonadas, los quisiste hacer perecer por medio de nuestros padres;

12, 7 a fin de que la tierra, de Ti la más amada de todas, recibiese una digna colonia de hijos de Dios.

12, 8 [159] Mas aun a estos, por ser hombres, les tuviste compasión, y les enviaste avispas, a manera de batidores de tu ejército, para que los exterminasen poco a poco.

12, 9 No porque no pudieses someter, a mano armada, los impíos a los justos, o exterminarlos de una vez por medio de bestias feroces, o con una severa palabra;

12, 10 [160] sino que castigándolos poco a poco, dabas lugar a la penitencia; bien que no ignorabas cuan malvada era su casta, y connatural su malicia, y que no se mudarían jamás sus ideas.

12, 11 [161] Pues venían de una raza maldita desde el principio; y sin que fuese por temer Tú a nadie, les dabas tregua en sus pecados.

12, 12 [162] Porque quién te dirá a Ti: ¿Por qué has hecho eso? ¿O quién se opondrá a tus juicios? ¿O quién se presentará ante Ti para defender a hombres malvados? ¿O quién te hará cargos por haber exterminado las naciones que Tú creaste?

12, 13 Porque no hay otro Dios sino Tú; que de todas las cosas tienes cuidado, para demostrar que no hay injusticia en tus juicios.

12, 14 No hay rey ni príncipe delante de Ti que pueda pedirte cuenta de aquellos que Tú has hecho perecer.

12, 15 [163] Siendo como eres justo, dispones todas las cosas justamente; y crees ajeno de tu poder el condenar a aquel que no merece ser castigado.

La razón de la indulgencia del Señor

12, 16 [164] Pues tu poder es el principio de la justicia; y por lo mismo que eres el Señor de todas las cosas, eres con todos indulgente.

12, 17 [165] Muestras, empero, tu poder, cuando no te creen soberanamente poderoso, y confundes la audacia de aquellos que no te reconocen.

12, 18 Pero como Tú eres el soberano Señor, juzgas sin pasión, y nos gobiernas con moderación suma; teniendo siempre en tu mano el usar del poder cuando quisieres.

12, 19 [166] Por esta tu conducta has enseñado a tu pueblo que el justo debe también ser humano, y has dado a tus hijos buenas esperanzas, puesto que cuando los juzgas por sus pecados, dejas lugar a la penitencia.

12, 20 [167] Pues si a los enemigos de tus siervos, y reos de muerte, los castigaste con tanto miramiento, dándoles tiempo y comodidad, para que se arrepintiesen de su malicia;

12, 21 ¿con cuánto cuidado juzgarás a tus hijos, a cuyos padres hiciste grandes promesas con juramentos y pactos?

12, 22 [168] Así cuando a nosotros nos das alguna corrección, a nuestros enemigos los castigas de mil maneras; para que reflexionando consideremos tu bondad, y cuando nos hagas experimentar tu justicia, esperemos en tu misericordia.

12, 23 [169] Por la misma razón a esos otros, que vivieron como insensatos e injustos, les hiciste sufrir horribles tormentos por medio de aquellas cosas que adoraban.

12, 24 [170] Así es que anduvieron largo tiempo extraviados por la senda del error, creyendo dioses a las creaturas más viles entre los animales, y viviendo como niños, sin ningún juicio.

12, 25 Por lo mismo les diste un castigo, a manera de escarnio, como a muchachos sin seso.

12, 26 [171] Mas los que no se corrigieron con escarnios y reprensiones, vinieron a experimentar un castigo digno de Dios.

12, 27 Porque irritados de lo que padecían, y viéndose atormentados por las mismas cosas que creían dioses, y que ellas eran su ruina, reconocieron ser el verdadero Dios Aquel a quien en otro tiempo negaban conocer. Por lo cual descargó al cabo sobre ellos la condenación final.

Sabiduría 13

Diversas formas de idolatría

13, 1 [172] Vanidad son ciertamente todos los hombres en quienes no se halla la ciencia de Dios, y que por los bienes visibles no llegaron a conocer a Aquel que es; ni considerando las obras, reconocieron al artífice de ellas;

13, 2 [173] sino que se figuraron ser el fuego, o el viento, o el aire ligero o las constelaciones de los astros, o la gran mole de las aguas, o el sol y la luna los dioses gobernadores del mundo.

13, 3 [174] Y si encantados de la belleza de tales cosas las imaginaron dioses, debieron conocer cuánto más hermoso es el dueño de ellas; pues el que creó todas estas cosas es el autor de la hermosura.

13, 4 O si se maravillaron de la virtud e influencia de estas creaturas, entender debían por ellas que Aquel que las creó, las sobrepuja en poder.

13, 5 [175] Pues de la grandeza y hermosura de las creaturas, se puede a las claras venir al conocimiento de su Creador.

13, 6 [176] Mas los tales son menos reprensibles; porque yerran tal vez buscando a Dios y esforzándose por encontrarle,

13, 7 [177] por cuanto le buscan discurriendo sobre sus obras, de las cuales quedan como encantados por la belleza que ven en ellas;

13, 8 aunque ni tampoco a estos se les debe perdonar.

13, 9 [178] Porque si pudieron llegar por su sabiduría a conocer el mundo, ¿cómo no echaron de ver más fácilmente al Señor del mismo?

Descripción irónica de la fabricación de un ídolo

13, 10 Pero, malaventurados son, y fundan en cosas muertas sus esperanzas, aquellos que llamaron dioses a las obras de la mano de los hombres, al oro y a la plata, labrados con arte, o a las figuras de los animales, o a una piedra inútil, obra de mano antigua.

13, 11 [179] Como cuando un artífice hábil corta del bosque un árbol derecho, y diestramente le quita toda la corteza, y valiéndose de su arte fabrica mañosamente un mueble a propósito para el servicio de la vida,

13, 12 y los restos de aquella obra los recoge para cocer la comida;

13, 13 y a uno de estos restos, que para nada sirve, por estar torcido y lleno de nudos, lo cincela diligentemente en ratos desocupados, y con la pericia de su arte va dándole figura, hasta hacer de él la imagen de un hombre,

13, 14 o darle la semejanza de un animal, pintándole de bermellón, y poniéndole la encarnadura, y cubriéndole todas las manchas que hay en él;

13, 15 y haciéndole un nicho conveniente, la coloca en la pared, y la afirma con clavos,

13, 16 [180] para que no caiga al suelo, usando con ella de esta precaución, porque sabe que no puede valerse por sí misma, puesto que es una mera imagen, la cual ha menester ayuda.

13, 17 Y sin embargo, ofreciéndole votos, le consulta sobre su hacienda, sobre sus hijos, y sobre sus matrimonios. No tiene vergüenza de hablar con aquello que carece de vida.

13, 18 Antes bien suplica por la salud a un inválido, y ruega por la vida a un muerto, e invoca en su ayuda a un inútil.

13, 19 Para hacer un viaje se encomienda a quien no puede menearse, y para sus ganancias y labores, y el buen éxito de todas las cosas hace oración al que es inútil para todo.

Sabiduría 14

Necedad del culto de los ídolos

14, 1 [181] Asimismo piensa otro en navegar, y estando para surcar las encrespadas olas, invoca un leño más endeble que aquel que le lleva.

14, 2 Este leño lo inventó la codicia de ganar, y lo fabricó el artífice con su saber.

14, 3 [182] Mas tu providencia, oh Padre, lleva el timón; por cuanto aun en medio del mar le abriste camino, y le diste paso segurísimo por entre las olas;

14, 4 demostrando que eres poderoso para salvar de todo riesgo, aunque alguno sin arte se meta en el mar.

14, 5 [183] Pero a fin de que no quedasen inútiles las obras de tu sabiduría, por eso los hombres fían sus vidas a un débil leño, y atravesando el mar sobre un barco llegan a salvo.

14, 6 [184] De esta suerte también al principio, cuando merecieron los soberbios gigantes, una barca fue el refugio de la esperanza de toda la tierra; barca que siendo gobernada por tu mano, transmitió al mundo semilla de posteridad.

Maldito el ídolo y el que lo hace

14, 7 [185] Porque bendito el leño que sirve a la justicia;

14, 8 pero maldito el leño de un ídolo hecho de mano, tanto él como su artífice; este porque le fabricó, y aquel porque no siendo más que una cosa frágil recibió el nombre de Dios.

14, 9 [186] Puesto que a Dios le son igualmente aborrecibles el impío y su impiedad.

14, 10 Por donde así la obra hecha como el hacedor serán castigados.

14, 11 Y por eso no se perdonará a los ídolos de las naciones; por cuanto siendo creaturas de Dios se hicieron abominación, tentación para las almas de los hombres, y lazo para los pies de los insensatos.

Cómo los hombres inventaron los ídolos

14, 12 [187] Pues la invención de los ídolos fue el origen de la fornicación, y su hallazgo la corrupción de la vida.

14, 13 Porque ni los había al principio, ni los habrá siempre.

14, 14 Fueron introducidos en el mundo por la vanidad de los hombres, y con esto vendrá muy pronto el fin de ellos.

14, 15 [188] Hallándose un padre traspasado de acerbo dolor por la prematura muerte de su hijo, formó de él un retrato; y al que como hombre acababa de morir, comenzó luego a honrarle como a dios, y estableció entre sus criados ceremonias y sacrificios.

14, 16 [189] Después con el discurso del tiempo, tomando cuerpo aquella impía costumbre, el error vino a ser observado como ley, y se adoraban los simulacros por mandato de los tiranos.

14, 17 [190] Y así hacían traer desde lejos los retratos de quiénes no podían los hombres honrar personalmente por estar distantes; y exponían a la vista de todos la imagen del rey, a quien querían tributar honores, a fin de reverenciarle con su culto, como si estuviera presente.

14, 18 La extremada habilidad del artífice atrajo a los ignorantes a este culto;

14, 19 porque deseando complacer al que le hacía trabajar, empleó todos los esfuerzos del arte para sacar más al vivo la imagen.

14, 20 Con eso, embelesado el vulgo con la belleza de la obra, comenzó a calificar por un dios al que poco antes era honrado como un hombre.

Inmoralidad de la idolatría

14, 21 [191] Y este fue el error del género humano; pues los hombres, o por satisfacer a un afecto suyo, o a los reyes, dieron a las piedras y leños el nombre incomunicable.

14, 22 Ni se contentaron con errar en orden al conocimiento de Dios, sino que viviendo sumamente arruinados por su ignorancia, dieron el nombre de paz a un sinnúmero de muy grandes males.

14, 23 [192] Pues ya sacrificando sus propios hijos, ya ofreciendo sacrificios entre tinieblas, o celebrando vigilias llenas de delirios,

14, 24 no respetan las vidas, ni la pureza de los matrimonios, sino que unos a otros se matan por celos, o con sus adulterios se contristan.

14, 25 [193] Por todas partes se ve efusión de sangre, homicidios, hurtos y engaños, corrupción, infidelidad, alborotos, perjurios, vejación de los buenos,

14, 26 [194] olvido de Dios, contaminación de las almas, trastorno de la naturaleza, inconstancia de los matrimonios, desórdenes de adulterio y de lascivia;

14, 27 siendo el abominable culto de los ídolos la causa, y el principio y fin de todos los males;

14, 28 porque o hacen locuras en sus fiestas, o a lo menos fingen oráculos falsos, o viven en la injusticia, o perjuran con facilidad;

14, 29 como que confiados en sus ídolos, que son creaturas inanimadas, no temen que por jurar en falso les venga ningún daño.

El justo castigo de los idólatras

14, 30 [195] Mas por entrambas cosas tendrán su justo castigo: porque entregados a sus ídolos sintieron mal de Dios, y porque juraron injustamente y con dolo, menospreciando la justicia.

14, 31 Pues no el poder de aquellos por quienes juran, sino la venganza sobre los pecadores es lo que persigue siempre la prevaricación de los injustos.

Sabiduría 15

Israel fue preservado de la idolatría

15, 1 Mas Tú, oh Dios nuestro, eres benigno, veraz y longánimo, y todo lo gobiernas con misericordia.

15, 2 [196] Porque si pecamos, tuyos somos, sabiendo como sabemos tu grandeza; y si no pecamos, sabemos que nos cuentas en el número de los tuyos.

15, 3 [197] Porque conocerte a Ti es la justicia consumada, y conocer tu justicia y poder es la raíz de la inmortalidad.

15, 4 Y así no nos ha inducido a error la humana invención de un arte malo, ni el vano artificio de las sombras de una pintura, ni la efigie entallada y de varios colores,

15, 5 cuya vista excita la concupiscencia del insensato, que ama la compostura de un retrato muerto e inanimado.

15, 6 Dignos son de poner su esperanza en semejantes cosas, aquellos que aman el mal; como también los que las hacen, los que las aman, y los que les dan culto.

Culpabilidad de los que se ocupan de la fabricación de ídolos

15, 7 [198] Un alfarero, manejando la blanca greda, forma de ella, a costa de su trabajo, toda suerte de vasijas para nuestros usos; y de un mismo barro hace vasos que sirven para cosas limpias, e igualmente otros para cosas que no lo son; siendo el alfarero el árbitro del destino que han de tener los vasos.

15, 8 [199] Y con vana fatiga forma del mismo barro un dios aquel que poco antes fue formado de la tierra, y que muy en breve volverá a reducirse a ella, obligado a restituir la deuda del alma que tiene.

15, 9 Pero él no se cura del trabajo que le ha de costar, ni de la brevedad de su vida; sino que va a competencia con los artífices de oro y de plata, e imita también a los broncistas, y pone su gloria en formar cosas vanas.

15, 10 Pues su corazón es ceniza, y vil tierra su esperanza, y su vida más despreciable que el barro,

15, 11 como que no conoce al que le ha creado e infundido el alma con que trabaja, y al que le inspiró el espíritu de vida.

15, 12 [200] Y aun han creído estos ser nuestra vida un juego, una manera de vivir hecha para ganar, y que conviene el ganar por cualesquiera medios, aunque sean malos.

15, 13 Porque aquel que de materia terrena forma vasijas y simulacros, bien conoce que peca más que todos.

Insensatez de los paganos

15, 14 [201] Son, pues, necios, desgraciados y soberbios, más que alma nacida, todos los que son enemigos de tu pueblo y que le tienen avasallado;

15, 15 [202] porque reputaron dioses a todos los ídolos de las naciones; los cuales ni pueden usar de los ojos para ver, ni de las narices para respirar, ni de las orejas para oír, ni de los dedos de las manos para palpar, ni aun sus pies son capaces de menearse.

15, 16 Porque es hombre quien los hizo, y recibió prestado el espíritu quien los formó; ni jamás podrá hombre alguno fabricar un dios semejante a sí;

15, 17 por cuanto, siendo mortal, forma con manos sacrílegas una cosa muerta. El mismo es mejor que aquellos a quienes adora, pues él, aunque mortal, ha obtenido la vida, pero aquellos nunca vivirán.

15, 18 [203] Y aun adoran a los más viles animales, que comparados con las demás bestias irracionales, son de peor condición que estas.

15, 19 [204] Ni hay quien pueda observar cosa buena en el aspecto de estos animales; como que ahuyentaron de sí la aprobación y bendición de Dios.

Sabiduría 16

La sabiduría interviene a favor de los israelitas

16, 1 [205] Por eso con semejantes cosas fueron justamente atormentados, y exterminados por una turba de animales.

16, 2 Mas a tu pueblo, en lugar de estos tormentos, le hiciste favores; concediéndole los apetecidos deleites de un nuevo sabor, con traerle por manjar gordas codornices;

16, 3 de manera que cuando los otros, bien que hambrientos, perdían las ganas aun del necesario sustento, por el asco de aquellas cosas que se les ponían delante de los ojos, y les eran enviadas, estos padeciendo necesidad por un poco de tiempo, lograron un nuevo manjar.

16, 4 Porque convenía que a los que se portaban como tiranos, les sobreviniese irremediable ruina, y a estos otros se les mostrase solamente de qué manera eran exterminados sus enemigos.

16, 5 Así que cuando contra ellos se enfurecieron las bestias crueles, perecían de las mordeduras de venenosas serpientes.

16, 6 [206] Pero no duró siempre tu enojo, sino que fueron aterrados por un breve tiempo para escarmiento, recibiendo luego una señal de salud, para recuerdo de los mandamientos de tu Ley.

16, 7 A la cual (insignia) quien miraba, quedaba sano; no por virtud del objeto que veía, sino por Ti, oh Salvador de todos.

Lección para los egipcios

16, 8 Con lo que demostraste a nuestros enemigos que Tú eres el que libra de todo mal.

16, 9 Pues ellos perecieron mordidos de las langostas y moscas, sin que se hallase remedio para su vida; porque merecían ser así exterminados.

16, 10 Mas contra tus hijos ni aun los dientes de dragones venenosos pudieron prevalecer, porque acudió a curarlos tu misericordia.

16, 11 Pues eran puestos a prueba, a fin de que se acordasen de tus preceptos; y presto quedaban curados, para que no sucediese que cayendo en un profundo olvido, no pudiesen gozar de tu socorro.

16, 12 [207] Porque no fue yerba, ni ningún emplasto suave lo que los sanó, sino que fue tu palabra, oh Señor, la cual sana todas las cosas.

16, 13 Tú eres, Señor, el dueño de la vida y de la muerte; conduces hasta las puertas de la muerte y de allí retiras.

16, 14 [208] Un hombre bien puede matar a otro por malicia; pero salido que haya el espíritu, no volverá, ni hará tornar el alma una vez recogida (allá).

Otra intervención del Señor

16, 15 Mas el huir de tu mano es cosa imposible.

16, 16 [209] Así los impíos, que negaban conocerte, fueron azotados por tu fuerte brazo, siendo perseguidos de extrañas lluvias, de pedriscos y tempestades, y consumidos por el fuego.

16, 17 Y lo más maravilloso era que el fuego en el agua, que lo apaga todo, tenía mayor actividad; porque el universo venga a los justos.

16, 18 A veces se amansaba el fuego, para no quemar a los animales, enviados contra los impíos; a fin de que viéndolo ellos mismos, acabasen de conocer que por juicio de Dios eran perseguidos.

16, 19 [210] Otras veces el fuego, contra su natural virtud, ardía en el agua por todas partes, para consumir las producciones de aquella tierra maldita.

El milagroso manjar en el desierto

16, 20 [211] Al contrario, alimentaste a tu pueblo con manjar de ángeles, y le suministraste del cielo un pan aparejado sin fatiga suya, que contenía en sí todo deleite, y la suavidad de todo sabor.

16, 21 [212] Y así este tu sustento demostraba cuan dulce eres para con tus hijos; y acomodándose al gusto de cada uno, se trasmutaba en lo que cada cual quería.

16, 22 [213] La nieve y el hielo resistían a la fuerza del fuego, y no se derretían, para que viesen, cómo arrasaba las cosechas de los enemigos aquel fuego que ardía y relampagueaba en medio del granizo y de la lluvia.

16, 23 Aquí, al contrario, se olvidó el fuego de su misma actividad; para que tuviesen los justos de qué alimentarse.

16, 24 Pues la creatura, sirviéndote a Ti, hacedor suyo, redobla los ardores para atormentar a los injustos, y los mitiga en beneficio de aquellos que en Ti confían.

16, 25 Por eso también entonces, tomando el gusto de todos los manjares, servía a tu gracia, sustentadora de todos, acomodándose al deseo de aquellos que a Ti recurrían;

16, 26 [214] a fin de que tus hijos, oh Señor, de Ti tan amados, reconociesen que no tanto son los frutos naturales los que alimentan a los hombres, sino que tu palabra sustenta a los que creen en Ti.

16, 27 [215] Porque lo que no podía ser consumido del fuego, calentado al más leve rayo del sol, luego se deshacía;

16, 28 para que supiesen todos que era necesario adelantarse al sol para obtener tu bendición, y adorarte así que amanece.

16, 29 Porque la esperanza del ingrato se deshace como la escarcha del invierno, y desaparece como agua perdida.

Sabiduría 17

Otros ejemplos del amor de Dios a su pueblo

17, 1 [216] Grandes son, oh Señor, tus juicios, e inefables tus palabras. Por eso las almas privadas de la ciencia, cayeron en el error.

17, 2 [217] Pues cuando los inicuos se persuadían poder oprimir al pueblo santo, fueron ligados con cadenas de tinieblas y de una larga noche; y encerrados dentro de sus casas yacían excluidos de la eterna Providencia.

17, 3 [218] Creyendo estar escondidos con sus negras maldades, fueron separados unos de otros con el velo tenebroso del olvido, llenos de horrendo pavor, y perturbados con grandísimo asombro.

17, 4 [219] Porque ni las cavernas en que se habían metido los libraban del miedo; sino que el estruendo que bajaba los aterraba, y se les aparecían horrorosos fantasmas, que los llenaban de espanto.

17, 5 No había ya fuego, por grande que fuese, que pudiese alumbrarlos; ni el claro resplandor de las estrellas podía esclarecer aquella horrenda noche.

17, 6 Al mismo tiempo, de repente, les daban en los ojos terribles fuegos; y aturdidos por el temor de aquellos fantasmas, que veían confusamente, se imaginaban más terribles todos los objetos.

17, 7 [220] Allí fueron escarnecidas las ilusiones del arte mágica, y afrentosamente castigada la jactancia de su sabiduría.

17, 8 Pues los que prometían desterrar de los ánimos abatidos los temores y las perturbaciones, esos mismos llenos de terror estaban con vergüenza suya desmayados.

17, 9 [221] Porque aunque nada de monstruoso solía espantarlos; aquí despavoridos con el pasar de las bestias, y los silbidos de las serpientes, se morían de miedo, y hubieran elegido no percibir el aire, lo que nadie puede evitar de ningún modo.

17, 10 [222] Pues la maldad, siendo medrosa, da testimonio de su propia condenación; porque una conciencia agitada presagia siempre cosas atroces.

17, 11 [223] Que no es otra cosa el temor, sino el pensar que está uno destituido de todo auxilio.

17, 12 Y cuanto menos, dentro de sí espera el hombre, tanto mayor le parece aquella causa desconocida que le atormenta.

Descripción de la plaga de las tinieblas

17, 13 Lo cierto es que los que en aquella noche, verdaderamente intolerable y salida de lo más inferior y profundo del infierno, dormían el mismo sueño,

17, 14 parte eran agitados por el temor de los monstruosos espectros, parte desfallecían de abatimiento, sobresaltados de un terror repentino e inesperado.

17, 15 Y si alguno de ellos llegaba a caer, allí quedaba como preso, encerrado en una cárcel, sin cadenas de hierro.

17, 16 Pues, o bien fuese algún labrador, o un pastor, o jornalero que trabajase en el campo, se hallaba sorprendido, y envuelto en aquella insuperable angustia.

17, 17 [224] Porque todos quedaban aprisionados con una misma cadena de tinieblas; donde ya el susurro de los vientos, ya el canto suave de las aves entre las frondosas ramas de los árboles, ya el ímpetu de corrientes caudalosas de agua,

17, 18 ya el recio estruendo de peñascos que se desgajaban, ya el correr de los animales, que andaban retozando, y a los cuales no divisaban, ya el fuerte alarido de las bestias que aullaban, ya el eco resonante de los montes altísimos, los hacía desfallecer de espanto.

17, 19 Y entretanto todo el resto del mundo estaba iluminado de clarísima luz, y se ocupaba sin embarazo alguno en sus labores ordinarias.

17, 20 [225] Solamente sobre ellos reinaba una profunda noche, imagen de aquellas tinieblas, que después los aguardaban; por eso se hacían más insoportables a sí mismos que las tinieblas.

Sabiduría 18

Una columna de fuego alumbra a los israelitas

18, 1 [226] Mas tus santos gozaban de una grandísima luz; oían la voz de aquellos pero sin verlos. Y te daban a Ti la gloria de que no padeciesen las mismas angustias,

18, 2 [227] tributándote gracias porque no eran maltratados, como antes lo habían sido; y te pedían la merced de que subsistiese esta diferencia.

18, 3 [228] Por lo cual al ir por un camino desconocido tuvieron por guía una luminosa columna de fuego, y les diste un sol que no los incomodaba cuando descansaban.

18, 4 [229] Bien merecían los otros el quedar privados de la luz, y padecer una cárcel de tinieblas, ya que tenían encarcelados a tus hijos, por cuyo medio había de ser dada al mundo la luz inmaculada de la Ley.

La muerte de los primogénitos egipcios

18, 5 [230] Cuando resolvieron quitar la vida a los infantes de los justos, y Tú libraste para castigo suyo uno de ellos que había sido expuesto, les quitaste muchísimos de sus hijos; y a ellos mismos los ahogaste en las recias aguas.

18, 6 [231] Fue aquella noche previamente anunciada a nuestros padres, para que conociendo la verdad de las promesas juradas, a que habían dado crédito, estuviesen más confiados.

18, 7 Y con esto vio tu pueblo, a un mismo tiempo, la salvación de los justos, y el exterminio de los malvados.

18, 8 [232] Que así como castigaste a los enemigos, así llamándonos a nosotros, nos ensalzaste.

18, 9 [233] Porque los justos, hijos de los santos, te ofrecían en secreto el sacrificio, y concordes establecieron esta ley de justicia, que los justos se ofrecían a recibir igualmente los bienes como los males, cantando ya los himnos de los patriarcas.

18, 10 Mientras tanto resonaban los desentonados gritos de los enemigos, y se oía el llanto de los que se lamentaban por la muerte de los niños;

18, 11 estando afligidos con la misma pena el esclavo y el amo, y padeciendo el mismo castigo el hombre plebeyo que el rey.

18, 12 [234] Todos igualmente tenían innumerables muertos, que habían perecido con el mismo género de muerte; ni ya bastaban los vivos para enterrarlos; pues en un momento fue extirpada la más noble porción de su prole.

18, 13 [235] Entonces los que a ninguna cosa creían, por engaño de los hechiceros, luego que acaeció el exterminio de los primogénitos, reconocieron que aquel era el pueblo de Dios.

El ángel exterminador

18, 14 Cuando un tranquilo silencio ocupaba todas las cosas, y la noche, siguiendo su curso, se hallaba en la mitad del camino,

18, 15 [236] tu omnipotente palabra, desde el cielo, desde tu real solio, cual terrible campeón, se lanzó en medio de la tierra condenada al exterminio.

18, 16 Llevaba por aguda espada tu irresistible decreto, y a su llegada lo llenó todo de la muerte, y estando sobre la tierra alcanzaba hasta el cielo.

18, 17 Entonces visiones de sueños funestos los llenaron de turbación, y los sobrecogieron imprevistos temores.

18, 18 Y arrojados medio muertos, unos en una parte, otros en otra, mostraban la causa de su muerte.

18, 19 Porque los mismos fantasmas que los habían turbado, los habían antes advertido de esto, a fin de que no muriesen sin saber la causa del mal que padecían.

Aarón aplaca la ira del Señor

18, 20 [237] También los justos estuvieron un tiempo en peligro de muerte; y la muchedumbre experimentó calamidades en el desierto; pero no duró mucho tu enojo.

18, 21 [238] Porque acudió a toda prisa un varón irreprensible a interceder por el pueblo. Embrazó el escudo de su ministerio, y presentando la oración con el incienso de la expiación, contrastó a la ira, y puso fin al azote, mostrando ser siervo tuyo.

18, 22 Calmó luego el desorden, y no con las fuerzas del cuerpo, ni con el poder de las armas, sino con la sola palabra desarmó al que le afligía, haciendo presentes los juramentos y alianza hecha con los patriarcas;

18, 23 porque cuando ya caían muertos a montones, unos sobre otros, se puso él de por medio, y cortó la cólera, y le impidió el pasar hacia los vivos.

18, 24 [239] Por cuanto en la vestidura talar que llevaba, estaba simbolizado todo el mundo; como también los gloriosos nombres de los patriarcas estaban esculpidos en los cuatro órdenes de piedras, y grabada en la tiara de su cabeza tu Majestad.

18, 25 A estas cosas, pues, cedió el exterminador, y las respetó; pues bastaba ya esta sola muestra de ira.

Sabiduría 19

El paso del Mar Rojo

19, 1 Mas sobre los impíos descargó la ira, sin misericordia hasta el fin; como que Él estaba previendo lo que les había de acontecer.

19, 2 [240] Porque después de haber ellos permitido que los hebreos se marchasen, y aun habiéndoles dado prisa para que saliesen, arrepentidos luego les iban al alcance.

19, 3 De modo que, estando todavía cubiertos de luto, derramando lágrimas sobre los sepulcros de los muertos, tomaron otra resolución de locura, y se pusieron a perseguir como a fugitivos a los que habían hecho marchar con ruegos.

19, 4 A este fin los conducía una necesidad merecida; y perdían la memoria de lo que les había acaecido, para que el castigo pusiese el colmo al resto de sus tormentos;

19, 5 y así tu pueblo pasase milagrosamente, y los otros hallasen un nuevo género de muerte.

19, 6 [241] Porque las creaturas todas, según su género, obedeciendo a tus preceptos, tomaban una nueva forma a fin de que tus hijos se conservasen ilesos.

19, 7 Así una nube hacía sombra a su campamento; y donde antes había agua, apareció tierra enjuta, un camino sin tropiezo en medio del Mar Rojo, y en el profundo abismo una verdadera pradería,

19, 8 por la cual atravesó todo el pueblo, protegido de tu mano, viendo tus maravillas y portentos.

19, 9 [242] Pues como caballos bien pacidos, y como corderillos, daban brincos de alegría, engrandeciéndote a Ti, oh Señor, que los libraste.

19, 10 Pues se acordaban todavía de aquellas cosas que habían sucedido allá donde moraron como forasteros; cuando en vez de crías de animales produjo la tierra moscas; y en lugar de peces echó fuera el río muchedumbre de ranas.

19, 11 [243] Y a la postre vieron una nueva creación de aves, cuando llevados del antojo pidieron viandas delicadas.

19, 12 Porque para contentar su apetito vinieron volando del mar codornices; pero sobre los pecadores vinieron venganzas, precediendo los mismos fenómenos que antes se habían producido por la violencia de los rayos; pues justamente padecían según sus maldades.

Crueldad de los egipcios

19, 13 [244] Pues su hospitalidad fue muy inhumana, porque si otros no acogieron a unos forasteros desconocidos, los egipcios reducían a la esclavitud a huéspedes bienhechores.

19, 14 Ni es de considerar solamente esto, sino que hay otra diferencia en aquellos que hospedaban de mala gana a unos extraños.

19, 15 Afligían con crudelísimos trabajos a los que habían recibido con alegría, y que vivían bajo las mismas leyes.

19, 16 [245] Por lo que fueron castigados con la ceguera al modo que lo fueron aquellos otros a la puerta del justo, cuando, envueltos en repentinas tinieblas, buscaban cada uno la puerta de su casa.

19, 17 [246] Porque los elementos cambiaban entre sí sus propias funciones, como en un salterio varían los sonidos bien que cada cuerda retenga el propio tono. Esto se puede conocer evidentemente por la misma experiencia.

19, 18 A este modo las creaturas terrestres se hacían acuáticas y las que nadaban se pasaban a la tierra.

19, 19 El fuego, excediendo su condición, era activo en medio del agua, y el agua se olvidaba de su natural virtud de apagar.

19, 20 [247] Al contrario, las llamas no dañaban a los cuerpos de los animales corruptibles, de suyo combustibles, que andaban dentro de ellas, ni derretían aquel delicioso manjar, que se deshacía tan fácilmente como la escarcha. Así que, oh Señor, en todo y por todo engrandeciste a tu pueblo, y le honraste ni te desdeñaste de asistirle en todo tiempo y en todo lugar.

Comentarios de Mons. Straubinger